Las cargas de la vida adulta

 Nada más peligroso que un adulto frustrado. Y nada más tenebroso que las fantasías sin cumplir de un adulto fracasado. Nadie prepara al jóven, lleno de ambiciones e ideales, para la gris y patética vida adulta. Esto podrá sonar un poco extraño a quien la fortuna sonríe, pero ¿Acaso la vida adulta no está cargada de preocupaciones y responsabilidades? ¿Acaso no nos asechan las penurias económicas? 

A medida que entramos en esta etapa, la presión social, cual yugo, aumenta y aumenta sobre nosotros. Se sienten sus nudos en nuestro cuello. Cada vez se esperan más cosas de un adulto. Las normas sociales (como las que rijen en el matrimonio, con los hijos o en el trabajo) se vuelven asfixiantes. El hastío baudelairiano se convierte en el pan nuestro de cada día. Nos volvemos esclavos, más esclavos que nunca, del reloj. Tic tac, hora de levantarse, hora de comer, hora de ir a soportar el tráfico, y un triste "etc".

Lo peor es cuando nos estrellamos contra el muro de la jerarquía y la obediencia. Aquí es donde la sociedad, con toda su monstruosidad de hipocresía, envidia y rapacidad, hace su aparición estelar. Adiós sueños y ensueños, adiós ideales de juventud. Bienvenida sea la rutina aplastante, la comodidad mediocre y el imperio de la mundanalidad. Normalicemos, pues, la ausencia de pasión y energía, la vida gris y predecible, . Ni por si acaso mencionemos la palabra "misterio", "instinto", o "tensión vital". 

El adulto apenas puede disfrutar de la amistad. Es que ese resquicio llamado "libertad" se achica cada vez más a medida que acrecientan los compromisos sociales. La mayoría de las relaciones sociales del adulto son contractuales, es decir, "obligatorias", y en ellos media el deber. La amistad es el último resquicio del hombre libre. Es la única oportunidad de "elegir" con quienes vamos a estar. 

Cuentas, deberes, compromisos, responsabilidades... además se nos exige que seamos sumamente eficientes, productivos, puntuales, y que nos adaptemos a un ritmo de vida frenético... hasta me dan ganas de sacar mi pistola cuando escucho la palabra "libertad". 

Pero... y aquí está el peligro: algo se gesta en el interior del adulto frustrado. Son pulsiones secretas, fantasías inconfesables, que van adquiriendo forma. Algo muy profundo en él se rebela contra la falta de vitalidad. De sus sombras surge un grito desesperado; el lobo que lleva adentro da un último pataleo de ahogado. 

Surge así una vía de escape. La represión engendra monstruos, chicos. No hay que reprimirse. Acuérdense del filósofo Sade, quien decía que el placer es el mayor regalo de la naturaleza. 

Todo se resume en poder, todo lo demás es ilusión. Y no me refiero al poder político ni al económico, sino al poder que surge cuando integras tu zona oscura. O eres poderoso o eres esclavo. Si alimentas tus fantasías, tu sangre se llenará de vida nueva. Y si te decides en este camino, deberás soportar a los insufribles mojigatos, a esos neo-catequistas que dicen ser escépticos o antireligiosos. 


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